Madison Serenade

25 Feb Madison Serenade

Por Agustín de Grado.
Pasear por el boardwalk de Asbury Park en otoño es un ejercicio de soledad. Y de nostalgia. Sólo el oleaje de un Atlántico plomizo, eterno en su ir y venir, y el cubículo de Madam Marie sobreviven al mundo de color y carnaval que Springsteen inmortalizó en “The Wild, the Innnocent and the E Street Shuffle”. Ni rastro del jolgorio y el romanticismo juvenil que inspiró el segundo gran album del rockero de New Jersey. La erosión del tiempo es implacable, el circo se marchó y los tiovivos se han detenido para siempre. Treinta y seis años son muchos para el entablado paseo marítimo, convertido esta mañana de otoño que lo recorro en un cementerio de edificios marchitos y locales agonizantes. Con todo, una postal de encantadora decadencia.

Horas después, Springsteen arranca una noche única en el Madison Square Garden. “Sparks fly on E Street…” El primer verso de su segundo album devuelve la vida a un universo perdido. Saltan chispas en la Calle E y durante una hora se desborda la magia. Porque ¿qué es sino la magia de Springsteen y su poderosa banda, prueba viva del poder evocador del rock, la que nos transporta tres décadas atrás, cuando hambrientos de futuro, y aún ebrios de inocencia, buscábamos un lugar en el mundo en compañía de alguien dispuest@ a acompañarnos en ese desafío incierto de convertir los sueños en realidad?. ¿Y qué es sino la magia de Springsteen y su ya legendaria E Street Band la que transforma el espíritu del multitudinario Madison Square Garden en el de un pequeño y oscuro club, similar a los que estos músicos frecuentaban en sus comienzos hasta a convertirse en la mejor banda de rock de la historia? Seguramente, esta es la grandeza de Springsteen: su capacidad para la sorpresa permanente. Cuando te crees que ya lo has visto todo (y he sido testigo de todas sus giras desde 1981), siempre guarda un as en la manga. Y así es difícil que envejezca, por más años que cumpla.

“Oh, oh everybody form a line…” Y todos a una, el Madison baila el E Street Shuffle, ese ritmo único y poderoso (¿rock? ¿soul? ¿funky?) de esta big band que Springsteen ha engrandecido para la ocasión con una poderosa sección de viento. La vida de carnaval de Asbury Park revive. El sonido de acordeón nos hace añorar a Danny Federici en la emotiva interpretación de “Sandy”, baño de melancolía, y con “Kitty’s Back” el concierto se convierte en una auténtica y dilatada jam session de músicos virtuosos empeñados en tocar por el placer de tocar hasta el amanecer. Hasta que el dueño del local decide echar el cierre y mandarles a todos a casa. Aún es pronto. Kitty ha vuelto. Y se contonea por el Garden seductora y atractiva, salvaje, como hace 36 años, cuando Springsteen soñaba con el trono de Elvis y perseguía la voz de Sam Cooke.

“Wild Billy’s Circus Story” supone un respiro para público y banda, antes de acometer la cara B del album que esa noche, y nunca más, está siendo interpretado tal y como fue publicado en 1973. Recuperado el aliento, llegan “Incident On the 57th Street”, “Rosalita” y “New York City Serenade”. ¿Cómo intentar explicarlo? Tendríamos que remontarnos a la gira del “Darkness On the Edge of Town” para encontrar un encadenamiento de temas en directo de tal intensidad. Casi media hora ininterrumpida de exhibición magistral de los poderes de la música rock. En sus distintos registros: apasionado y tierno en la West Side Story del hispano Johnny y la puertorriqueña Jane, con Springsteen sacando lágrimas a su Fender en un épico solo final cabalgado a lomos del piano de Roy Bittan; divertido y trepidante en la canción que como ninguna otra en la historia recrea la ilusión de los comienzos de cualquier banda de rock, cuando el dinero es poco, las ganas de pasarlo bien muchas y ni tu chica (mucho menos sus padres) confía en que la aventura pueda salir bien; poético y evocador en la oda a la vida callejera en la Gran Manzana, donde el profesor Bittan se apropia del tema desde la primera nota, Springsteen emula a Van Morrison, Clarence Clemons sopla con el alma y la E Street Band toca el cielo elevándose sobre el lirismo de una sección de cuerdas impecable.

Concluye la interpretación del album que ha convertido en histórica la primera noche del Madison Square Garden. Y tan felices nos habríamos marchado a casa si ahí hubiera acabado también un concierto que había arrancado con una vibrante “Thundercrack” (otro diamante de la época que terminó siendo desplazado del vinilo por “Rosalita”), la siempre sólida “Prove It All Night”, el baño de masas en que se ha convertido “Hungry Heart” y ese himno de la era Obama que es el royorbisoniano “Working On A Dream”… Springsteen había llevado la noche a una cima impensable. Tiempo ha que no ascendía tan alto. Entonces se detuvo, contempló el horizonte y se enfrentó al dilema: o permanecía en ella o no quedaba más remedio que empezar a bajar. Una pena. Optó por lo segundo (“Waiting On A Sunny Day”), se rompió el hechizo y ya no hubo lugar para la sorpresa. La añeja “Does This Bus Stop At 82th Street?” logró hacerse hueco en el turno de peticiones, antes de que Springsteen cediera al furor de los neoyorquinos por el 27 título de los Yankees con “Glory Days”. De ahí al final, sólo “Born To Run” estuvo a la altura de una cita tan especial. Quizá sea el precio que hay que pagar por seguir a un artista con una obra tan extensa a sus espaldas, donde las nuevas generaciones también merecen su atención, y hasta sus mejores trabajos de los últimos diez años (“Land of Hope and Dreams”, “My City of Ruins” y “Long Walk Home”) tienen dificultades para desbancar del repertorio a títulos que no aguantan la comparación con los que compuso a raudales hasta “Nebraska”, última estación de un viaje de desbordante creatividad, cuando cada disco alumbrado por el de New Jersey era una criatura imperecedera de voz honesta. Parida con dolor para acompañarte siempre. Y así sufrir con ella. O divertirte y reír. Imprescindible para mantenerte vivo y alerta.

Languidecía la noche, también en una tanda de bises excesivamente previsible, aunque ejecutada con la potencia y generosidad que es santo y seña del de New Jersey, cuando Springsteen decidió volver a beber en la fuente de la eterna juventud. Rebuscó en el baúl de la música eterna, recordó a los artistas que escuchaba cuando aún era un joven vagabundo de los garitos de la costa de New Jersey, y allí encontró a Jackie Wilson y su fantástico “Higher and Higher”. Diez minutos de fiesta que, en compañía de Elvis Costello, permitieron a un Springsteen mudado en un auténtico soul man convertir de nuevo el Madison en un club de Detroit en plena fiebre Motown, con el Boss exprimiéndose los pulmones en medio del público, atónito y enfervorizado a la vez.

Punto y final a tres horas de concierto. Más de la mitad protagonizado por canciones compuestas hace más de treinta años. “Algún día recordaremos esto y nos parecerá muy divertido”. El verso de “Rosalita” zumba en mi cabeza mientras abandono el Madison. Bajo Manhattan por la Séptima Avenida, confiado en que un buen bootleg habrá capturado el hechizo de esta noche. Sonrío y acaricio el tesoro: yo estuve ahí. Como el 21 de abril de 1981 en el Palacio de Deportes de Montjuich, donde todo empezó…

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