The Wrestler

11 Ago The Wrestler

Por Luisen López Bascuas
Debería existir un mito acerca de un antihéroe que se mata a sí mismo para poder seguir viviendo. Que se mata poco a poco para vivir un poco más. Alguien que se alimenta de su propia carne, alguien que ha de beberse su sangre y dormirse en sus sueños para seguir viviendo una vida que le aniquila. Alguien que, cuando le atrapan de una pierna para que no escape, sólo encuentra un modo de recuperar una ilusión de libertad: arrancarse esa pierna (If you’ve ever seen a one legged dog… have you ever seen a one legged man tryin’ to dance his way free… then you’ve seen me). Tal es el personaje protagonista de la canción The Wrestler, canción con la que nos lleva Bruce a un mundo de perdedores y olvidados habitado por seres que han hecho de la pérdida y el olvido su hogar.
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Venimos al mundo y, en la mayoría de los casos, el mundo nos golpea sin misericordia. Y entonces comienza la lucha. Una lucha desigual, injusta. Una lucha en la que sólo nos dejan un brazo, lo que constituye el extremo de la iniquidad: si tuviésemos los dos, la lucha sería equilibrada, si nos hubiesen arrancado ambos, nadie nos obligaría a luchar. Pero no; nos dejan uno para poder asegurarse, al mismo tiempo, la diversión y la victoria. Nos dejan luchando contra una brisa amarga y solitaria porque ellos jamás pensaron en exponerse (have you ever seen a one armed man punchin’ at nothing but the breeze). Ellos ni siquiera saben que existimos o, en el mejor de los casos, nos conciben como materia biológica desprovista de conciencia y emoción, materia que se puede utilizar en provecho propio, con la misma displicencia con la que el carpintero usa la madera o el ceramista utiliza el barro. O peor aún, con la misma indiferencia con la que el carpintero o el ceramista pisan el suelo mientras cuidan entre sus manos el material que da forma a sus ideas.

The Wrestler no adopta la perspectiva de ellos, sino la nuestra y somos nosotros los que contamos el acontecer cotidiano de nuestra vida en un mundo que hace de nosotros seres alienados, seres enajenados, seres débiles y confundidos. Intentamos luchar, buscar caminos, llamamos con humildad y fe a cada puerta que ofrece una esperanza pero, invariablemente, nos saquean y tenemos que abandonar el lugar con menos de lo que habíamos traído (I come and stand at every door; I always leave with less than I had before). El drama consiste en que llega un momento en que no nos queda nada más que nuestro propio ser y, entonces, tras cada nuevo intento, nos vamos con un poco menos de nosotros mismos. Un poco menos de alegría, un poco menos de fe, un poco menos de orgullo, un poco menos de esperanza, un poco menos de amor…un poco menos de todas y cada una de las cosas que configuran nuestro yo. Pero necesitamos desesperadamente a los demás y la tragedia sigue adelante: el precio de la conexión es la autodestrucción; lo que nos permitiría vivir es lo que entregamos para no morir. Al menos podemos hacerles sonreír cuando nuestra sangre golpea el suelo (but I can make you smile when the blood it hits the floor). El vínculo que nos arranca de la soledad es un vínculo transido por el dolor y la más abyecta de las humillaciones.

Así va conformándose nuestro hogar y nuestra identidad. Nuestra identidad se funda en el dolor que nos provocan, se manifiesta a través de nuestras heridas y se consolida con cada nueva denigración. Y con estos ladrillos vamos construyendo un hogar inhabitable; es hogar porque resulta ser el único lugar que reconocemos y, por tanto, el único espacio en el que sentimos una cierta seguridad (fingida); es inhabitable porque ese espacio acabará por destruirnos; no podría ser de otro modo ya que nuestro pretendido hogar define el conjunto de lugares donde hemos sido vencidos. Por eso, para nuestro terror, hemos de huir de las cosas que nos tranquilizan (these things that have comforted me I drive away); por eso, aunque un temblor nos recorra de arriba hasta abajo, descubrimos que no podemos habitar nuestra propia casa (this place that is my home I cannot stay). Por eso, apenas podemos creer en lo que nos hemos convertido: espantapájaros enfangados entre el polvo y las malas hierbas (have you ever seen a scarecrow filled with nothing but dust and weeds; If you’ve ever seen that scarecrow then you’ve seen me). La metáfora es, ciertamente, poderosa. Apela a vidas deshumanizadas, vidas que sirven a propósitos ajenos, vidas que no dejan espacio para el amor propio que conduce al cuidado necesario para poder crecer. Sin ese amor, sin ese cuidado, el polvo nos recubre por fuera y las malas hierbas nos asfixian desde el interior.

Como señala el propio Bruce, es muy peligroso encontrar tu identidad en el dolor que te han infligido, es muy peligroso reconocerte, precisamente, en tus heridas, es muy peligroso hacer que los lugares de derrota sean tu residencia natural. Todo esto, aunque puede parecer obvio, no resulta nada fácil de entender. De hecho, sorprende el grado de elaboración conceptual que pone Bruce en esta canción, la sabiduría (quizá intuitiva) que transpiran cada uno de sus versos. Y, al mismo tiempo, conmueve su capacidad para empatizar con seres tan desolados, su capacidad para abominar de situaciones tan sangrantes. Y aquí aparece, una vez más, la magia del Rock & Roll, porque la elaboración conceptual se destila en un puñado exiguo de palabras, puestas, eso sí, en el orden apropiado; la emoción se nos precipita cabalgando sobre una música casi desnuda pero que de algún modo entronca con los sonidos ancestrales de la desesperanza y el dolor. Sin apenas reparar en ello, al final de la canción se siente que toda una galería de personajes desahuciados nos ha atravesado el alma. Allí están las mujeres maltratadas que sólo encuentran afecto en cada golpe que reciben; pasan también los trabajadores deshonrados por un sistema inicuo que solo los alimenta para poder matarlos de alienación; por ahí aparecen los niños sometidos a las tiranías ignominiosas de padres que nunca debieron serlo, o los colegiales que acabarán descubriendo que se aprende más de un disco de tres minutos que de una escuela ignorante y censora. Por la canción desfilan todos los que por una mirada se arrancan los ojos, por una caricia, las manos, por un instante de afecto, el corazón.

Sin embargo, la canción no se entretiene en la descripción de estas monstruosas situaciones. No, no es una canción política (aunque las implicaciones políticas son poco menos que evidentes); no es una crítica social (aunque entre líneas se adivina una amarga censura al mundo que hemos construido). Lo que acaba transmitiendo la canción en primer plano es el estado psicológico de sus protagonistas, su sentir íntimo, su abandono paulatino, su entrega absurda, su mirada implorante y asustada que contempla un mundo construido por ellos mismos pero sobre las imposiciones de otros muchos. Lo que interesa de la mujer maltratada no es el hecho violento del marido, es la actitud amante de la mujer; lo que interesa del trabajador no es su condición de explotado, sino la conciencia de honradez que desarrolla para quien le aliena y le somete; lo que interesa de esos niños no es la injusticia que padecen, sino esa búsqueda de afecto y reconocimiento que siguen demandando (y ofreciendo) a aquellos que los humillan. Y así, nos vamos construyendo una identidad donde los últimos rastros de fe que nos quedan descansan sobre nuestros propios huesos rotos y nuestras heridas (my only faith is in the broken bones and bruises I display). Somos nuestro dolor. Así que, si nos lo quitan, no somos nadie. ¿Cabe una perversión mayor?

No habría que olvidar, no obstante, que la canción trata de un luchador. Por tanto, se trata de intentar seguir viviendo una vez que te han hecho daño. Parece que el protagonista de la canción no tiene esta capacidad…ya. El mensaje positivo (que no aparece en toda la canción, dicho sea de paso) es que es preciso ser un luchador; la enseñanza, que hay que aprender a luchar de la manera apropiada. Nuestra identidad no pueden ser nuestras heridas sino la superación del dolor que provocan; nuestro hogar no puede ser el espacio que nos destruye. Al contrario, hemos de destruir los espacios de derrota para construir nuestro verdadero lugar en el mundo.
boss
Debería existir un mito acerca de un antihéroe que se mata a sí mismo para seguir viviendo. Sabemos de Erisictón, el hijo del rey de Tesalia, el hombre que taló una encina de un bosque consagrado a Ceres; las Dríades contaron el suceso a la diosa, quien enfurecida, profirió una terrible condena para Erisictón: “que no te satisfaga ni siquiera la abundancia”. Después de vender a su hija innumerables veces para satisfacer su Hambre insaciable, un día, desesperado, destrozó su cuerpo y se devoró a sí mismo. Bueno, se parece al mito que queremos, pero no es exactamente lo que queremos, los sentimientos representados no son equivalentes a los de nuestra historia. Pero, ¿por qué hemos de seguir buscando en las páginas de Ovidio o en las alturas del Olimpo? El mito ya está creado. Es un luchador que habita en una escalofriante (y hermosísima) canción compuesta por Bruce Springsteen.

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